Del Porfiriato al Mirreynato

Opinión de Ramón Alberto Garza

¿Cómo llegamos aquí? ¿Quién creó las condiciones para que florecieran los Emilios Lozoya?

¿En qué momento México se ahogó en un mar de corrupción embravecido por redes cómplices de políticos y empresarios que se sintieron los accionistas y propietarios únicos de México S.A.?

La primera respuesta será inevitablemente que todo se dio con la emergencia del PRI, el partido que aplacó los cacicazgos de los generales revolucionarios y que dictó las reglas para la operación de una mafia política que reemplazaría a los llamados “científicos” del Porfiriato.

El presidencialismo, el Partido, los tres sectores obrero, campesino y popular y toda una pirámide de arreglos y componendas que hicieron de México el patrimonio de unos cuantos y de sus allegados.

La desilusión y la desigualdad social les cobró factura en las urnas del 2000. Pero en el relevo, la nueva casta azul renunció muy pronto a su idealismo para coexistir con la herencia tricolor desde la cabaña acogedora de Los Pinos. La triada Fox-Marta-Calderón acabó por ser una mala copia.

Pero en medio de la transición, emergió una casta dorada, los hijos despóticos de ese matrimonio mal habido entre la política y el capital.

Jorge Emilio González, mejor conocido como “El Niño Verde”, fue el primer gran ejemplar de esa generación que hoy es conocida como los Mirreyes.

Jóvenes ambiciosos, prepotentes, “niños bien” que por su estirpe se sentían con el derecho legítimo de hacer negocios ilegítimos al amparo de los grandes contratos con el poder.

Vicente Fox no se habría sentado en la silla presidencial sin su acuerdo inconfesable con “El Niño Verde”. Traicionando su origen priista, Jorge Emilio González y su Partido Verde le dieron al vaquero con botas los 8 puntos que lo instalaron en Los Pinos.

Felipe Calderón también procreó a su Mirrey. Se llamó Juan Camilo Mouriño, quien desde los negocios energéticos de su familia le patrocinaron la campaña presidencial 2006. Y sin mayor experiencia política sentó a su delfín en la silla caliente de la Secretaría de Gobernación, en donde pagó con su vida la inexperiencia.

Pero si un sexenio se caracterizó por la dictadura de los Mirreyes fue el de Enrique Peña Nieto. Bajo su sombra florecieron esos “niños bien” de la política y de los negocios que todo lo medían en logros materiales.

Su índice de bienestar se reflejaba en el número de mansiones, en el número de “novias”, en los relojes Patek o Panerai, en el uso del helicóptero como el Uber nuestro de todos los días. Desde Alfredo Castillo, el frívolo director de la CONADE, pasando por David Korenfeld, el director de la Conagua o Aurelio Nuño, “El Educador”. Sin olvidar al puñado de imberbes gobernadores que hicieron de la frivolidad y el saqueo sus tarjetas de presentación.

Pero quizás entre todos ellos, quien mejor personificaría a este clan de juniors pretenciosos, infalibles y soberbios fue Emilio Lozoya Austin, quien despachaba como jeque desde el penthouse de la Torre de Pemex.

Para tener derecho a una cita con este Mirrey algunos tenían que desembolsar un millón de pesos, si eras mexicano, o 100 mil dólares, si eras extranjero. Froylán García García, aprendiz de Mirrey, operaba como su caja chica.

Pero Lozoya Austin pecó de soberbia. Desconoció primero a Carlos Salinas de Gortari, quien le había dado la oportunidad a su padre en la Secretaría de Energía.

Y cuando los humos los confundió con las nubes, subestimando a todos los de abajo –como diría el maestro Alberto Cortés- también desconoció al jefe de la manada peñista, a su jefe Luis Videgaray.

Por la puerta grande de su enorme ego entraron aquellos que lo apantallaron, prometiendo convertirlo en el próximo presidente de México. Y tres contratos de por medio, les compró el guión.

Y dejó de pisar el suelo. Se dedicó a volar en los helicópteros de empresarios y proveedores cómplices, como Alonso Ancira, en los Cessna Citation 680 y 501 de Pemex o de la Fuerza Aérea.

Para ir “de fin” a sus residencia adquiridas con las transferencias de constructoras como Odebrecht, que le depositaban en paraísos fiscales los favores por los contratos aprobados.

La ceguera de Lozoya Austin fue tal que no le importó involucrar en su trama corrupta a su madre, a su esposa y a su hermana. Se veía intocable, se sentía un semi Dios. Hasta que el destino lo alcanzó para colocarlo donde jamás un Mirrey se imaginó: tras las rejas.

El Caso Lozoya es la confirmación de que el Mirreynato fue el clavo en el ataúd de la democracia de libre mercado.

La lápida sobre la tumba de aquellos neoliberales que jugaron al político volviéndose empresarios. Y la de los empresarios que apostaron su dinero para jugar y hacer negocios al amparo de la política.

Esa es la generación que le pavimentó el sendero a Andrés Manuel López Obrador, el presidente que ahora tiene al prototípico Mirrey sentado en el banquillo de los acusados, un trono en el que Lozoya Austin jamás se imaginó.

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